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Carla Daniela Mendez Moraga
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María Angelica Montecinos Rojas
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Viña del Mar, Chile
Temuco, Chile
Sobre la base de los testimonios de 43 profesionales del sistema de protección infantil de Chile, este estudio pone de manifiesto una brecha estructural entre los mandatos internacionales para integrar la perspectiva de género y su aplicación burocratizada. Los participantes describen un cumplimiento «formal» vertical que se limita a cumplir listas de verificación sin formación, reflexión ni adaptación contextual, lo que genera una violencia epistémica institucionalizada. El resultado genera un doble perjuicio: la precarización del trabajo de cuidados feminizado, excluido de las decisiones, sobrecargado y mal remunerado, y la invisibilización sistemática de las infancias LGBTIQA+, cuyas identidades solo se abordan cuando se convierten en un “problema”. La masculinidad institucional establece prioridades de eficiencia y estandarización por encima del cuidado ético, mientras que las normas religiosas y conservadoras, las barreras de alfabetización y las jerarquías de clase obstaculizan la práctica inclusiva. Sin embargo, actos micropolíticos, como pedir un nombre social, crear espacios seguros o adoptar una pedagogía crítica, señalan vías de resistencia. Los resultados justifican una formación y un liderazgo situados, interseccionales y dialógicos que centren el cuidado como práctica ético-política, pasando del cumplimiento simbólico a una transformación con apoyo material, con recursos, tiempo y responsabilidad compartida en todo el sistema.
This qualitative study, conducted using a participatory action research (PAR) approach, analyzes the testimonies of 43 professionals in the Chilean child protection system. Their testimonies expose a structural rift between international mandates to incorporate a gender perspective and their bureaucratized implementation. Participants describe a “formal” top-down approach to compliance limited to applying checklists without training, reflection, or adaptation to the context, thereby generating institutionalized epistemic violence. The result is a twofold harm: the precariousness of feminized care work -excluded from decision- making, overburdened with work, and poorly paid- and the systematic invisibilization of LGBTIQA+ children and youth, whose identities are only taken into account when they become a “problem.” Institutional masculinity prioritizes efficiency and standardization over ethical care, while religious and conservative norms, literacy barriers, and class hierarchies hinder inclusive practices. On the other hand, micropolitical acts - such as claiming a social name, creating safe spaces, and adopting a critical pedagogy- point to paths of resistance. Findings call for situated, intersectional, and dialogic training and leadership that center care as an ethical-political practice, moving beyond symbolic compliance toward a transformation supported by resources, time, and shared responsibility throughout the system