Sofía Flórez Rodríguez
La etapa universitaria representa un punto de inflexión en la vida del estudiante. Más allá de la adquisición de conocimientos técnicos, implica un proceso de transformación personal donde las emociones influyen de manera decisiva en el aprendizaje, la toma de decisiones y el bienestar. En este contexto, la inteligencia emocional emerge como una competencia esencial para afrontar las demandas cognitivas, sociales y afectivas de la educación superior.
La evidencia científica ha demostrado que los estudiantes con altos niveles de inteligencia emocional presentan menor ansiedad y depresión, mejores calificaciones y un uso más eficaz de estrategias de afrontamiento. Por ello, diversos autores coinciden en la necesidad de incorporar programas sistemáticos de entrenamiento emocional dentro del currículo universitario, integrando componentes teóricos y prácticos que fortalezcan las habilidades socioemocionales.
En Colombia, la reciente aprobación de la Cátedra de Educación Emocional —inspirada en el programa Pisotón de la Universidad del Norte— marca un hito histórico al reconocer el desarrollo socioemocional como un derecho educativo. Este avance invita a las universidades a asumir un papel protagónico en la consolidación de políticas institucionales que promuevan la inteligencia emocional como parte integral de la formación profesional.
La región Caribe ofrece ejemplos inspiradores de esta transformación. Instituciones como CECAR, la UNAD, la Universidad del Norte y la Universidad Simón Bolívar han demostrado que los programas de inteligencia emocional generan impactos tangibles en el bienestar, la adaptación social y el rendimiento académico.
En un contexto donde la salud mental universitaria se ha convertido en prioridad, esta evidencia reafirma un mensaje claro: educar en emociones es educar para la vida. La universidad no solo debe formar profesionales competentes, sino también seres humanos capaces de gestionar con empatía, equilibrio y resiliencia los desafíos de su tiempo.