Tanto en Chile como en el mundo, 2025 comienza con un aumento de los temores relacionados con la seguridad. Desde la época moderna hasta la actualidad ésta ha sido un valor y una aspiración tanto individual como colectiva, garantizando a la ciudadanía el derecho a vivir en paz, a ser respetada en su diversidad y a participar en decisiones personales y comunitarias. Etimológicamente, seguridad (securitas) hace referencia a un estado psicológico, social y material en el que las inquietudes, problemas y preocupaciones frente a amenazas y peligros están ausentes. No es sorprendente que la seguridad se haya convertido en un tema central de debate y disputa política en cuanto toca los temores más íntimos de las personas y las comunidades: el temor al despojo, a la vulnerabilidad, a la muerte. El estudio de la Psicología y el psicoanálisis, siempre ligado a las Ciencias Sociales, nos enseña cómo en la vida psíquica de los individuos y los pueblos, se enfrentarían constantemente dos fuerzas contrapuestas: la de la libertad, que necesita del intercambio con la alteridad para ampliar el horizonte del mundo; y el de identidad y pertenencia, que implica una tendencia primaria a defenderse, a protegerse frente al mundo, vivido como una amenaza donde lo externo, lo ajeno, coincide con lo hostil. En estos tiempos de inédito empuje a la seguridad, olvidamos que en la vida todos somos extranjeros, y que entonces, la identidad, la pertenencia, no puede prescindir de la figura de la hospitalidad para no agotarse en sí mismo, cayendo en la muerte. Siguiendo esta deriva, cabría aceptar la invitación que nos hace cada contribuyente de este número de Psicoperspectivas a conocer las experiencias de diversos colectivos fragilizados en los actuales escenarios de agudización de los conflictos sociales; entre ellos: personas en situación de calle, personas mayores, infancias en sistemas de protección y personas trans-no binarias.